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Cómo montar la carta de vinos de tu restaurante sin morir de stock

Por el equipo de Mainake XXI, distribuidora de bebidas en Málaga6 min de lectura

Una carta corta y bien pensada vende más que una larga y parada. Criterios prácticos para elegir referencias, fijar precios y no dejar dinero inmovilizado en el almacén.

La tentación de todo hostelero que ama el vino es la misma: una carta larga, con muchas denominaciones y muchas añadas. El problema es que cada referencia de esa carta es dinero parado en un estante. Una carta de treinta vinos que rota bien deja más margen que una de cien en la que veinte botellas llevan dos años esperando.

El objetivo no es tener mucho vino. Es tener el vino que tu cliente va a pedir, al precio que va a pagar, y que la botella se mueva.

Empieza por tu cocina, no por el vino

La carta de vinos es la segunda parte de la carta de comida. Si tu cocina es de fritura y producto de mar, necesitas blancos frescos y con acidez antes que tintos de crianza larga. Si tienes brasa y carne roja, la proporción se invierte.

Haz el ejercicio al revés de lo habitual: coge tus diez platos más vendidos y pregúntate qué se bebe con cada uno. Ahí tienes el esqueleto de la carta.

La estructura mínima que funciona

Para un local de tamaño medio, una carta equilibrada suele moverse en este rango de referencias:

  • 3–5 blancos: uno muy fresco y económico para copeo, uno aromático, uno con algo de crianza.
  • 1–2 rosados: en Málaga, con la temporada de terraza, dan más juego del que parece.
  • 5–8 tintos: repartidos entre joven, crianza y una o dos referencias de nivel para la mesa que quiere gastar.
  • 1–2 espumosos: uno de entrada y otro para celebración.
  • 1–2 dulces o generosos: cierran la comida y son margen puro.

Los tres precios que tiene que haber

En cada color debe existir una referencia de entrada, una intermedia y una alta. No es un capricho: la mayoría de los clientes no elige el vino más barato, elige el segundo más barato. Si el escalón intermedio no existe, estás empujando toda la venta al precio mínimo.

Como regla práctica, el vino de entrada debe poder venderse por copas sin que te duela abrir la botella, y la referencia alta existe para dar contexto: hace que la del medio parezca razonable.

Rotación: el número que casi nadie mira

Antes de meter una referencia nueva, ponle una fecha límite. Si en tres meses no ha vendido, no es que el vino sea malo: es que no es para tu local. Sácalo, quémalo en una promoción de copeo y libera el espacio.

Lleva la cuenta de qué botellas has abierto cada mes, aunque sea en una libreta. Es el dato que más rápido mejora una carta y el que menos cuesta apuntar.

Formación de sala: el multiplicador

Una carta buena con una sala que no sabe contarla vende como una carta mala. Dedica quince minutos a explicar cada referencia nueva al equipo: de dónde es, a qué sabe y con qué plato de la casa va bien. Con una frase por vino es suficiente.

Esa frase es lo que convierte «una copa de tinto» en una copa concreta, que casi siempre es la de más margen.

En resumen

  • Diseña la carta desde tus platos más vendidos, no desde tus gustos.
  • Tres escalones de precio en cada color: entrada, intermedio y alto.
  • Menos referencias y más rotación siempre gana.
  • Pon fecha límite a cada novedad y revisa qué se ha abierto cada mes.
  • Una frase por vino para el equipo de sala. Solo con eso ya vendes más.

Si quieres que revisemos tu carta contigo, escríbenos: conocemos la hostelería de Málaga y no cobramos por el asesoramiento.

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